Graffiti La primera galería de 'street art' en Chile:
Un
bombazo de arte callejero
En algún muro lo habrá visto. El
graffiti, esténcil y otros se ganan su espacio en el circuito artístico
mundial, pero en Chile todavía se ligan al vandalismo. BOMB, la primera galería
chilena de arte callejero, quiere cambiar eso.
Juan Ignacio Rodríguez Medina
Viniendo por Bellavista, apenas se entra por Bombero Núñez aparecen las formas
y colores que llenan muchos de los frontis del barrio. En ese entorno, en el
número 274, hay una casa de fachada negra con grandes letras blancas, en cuyo
interior no hay pared que no tenga un graffiti. No es un edificio abandonado
víctima de vándalos rayamurallas, es la primera galería chilena de arte
callejero: BOMB, como dicen las letras de la fachada. Son dos pisos, el primero
es de cien metros cuadrados, y tiene cuatro salas de exposición interiores y
una exterior (en un patio), en la que también se proyectan videos. El segundo
está reservado para estudios que se arriendan a graffiteros. ¿Los responsables?
Sebastián Cuevas (director y curador), Pablo Ceballos (administrador), Gabriela
Núñez (curadora), Francisco Páez (diseño) y Natalia Guerra (relaciones
públicas).
Más que vandalismo
El objetivo es situar al graffiti
en un lugar relevante de la cultura y el arte, trascender la discusión sobre el
vandalismo y reconocer que existe gente que pinta hace catorce o quince años,
que se trata de una expresión con un valor estético que hoy cobijan museos como
la Tate Modern de Londres o el Gran Palais de París. "Hay que poner el ojo
en esa gente. Buscamos que al hablar de graffiti te imagines eso. Decir que el
graffiti es solamente rayado es pecar de ignorante", afirma Cuevas. De ahí
se desprende el criterio para seleccionar artistas: "La línea curatorial
es clara, graffiti y Street art ligado a un trabajo consistente en horas de
práctica en la calle", explica el director. Lo que se sustenta -acota
Páez- en la experiencia que tiene el grupo: él, Cuevas y Ceballos pintan desde
1997 con los motes de Zoghial, Hasco y Ocio. De todos modos, los responsables
de BOMB ven su labor "más en impulsar que en curar". Eso -creen-
permite introducir el arte callejero en una galería: "Es completamente
viable y conducente si se la entiende como un medio de difusión". El lugar
viene a ser un "trozo de calle", una "concentración de lo que
pasa allí". La estrategia es triple: impulsar a creadores nacionales,
importar nuevos formatos y miradas, y realizar proyectos de investigación y
difusión.
En enero de este año tuvieron su
primera exposición, "Eres bella", una revisión del arte callejero de
los últimos años en el barrio Bellavista, con fotos de las obras más
significativas y el trabajo en las paredes de la galería de seis graffiteros.
Luego, durante mayo y junio, se instaló Agotoc o Moreno Villa con "Moreno
Villa no soy Agotoc", una mezcla de graffiti y mural. Hasta el 3 de julio
estuvieron los graffitis e instalaciones de Pohyo, Ren y Seimiek, con "La
cobra maldita". Y el jueves pasado acaba de cerrar "Femme
fatale", de Nopoetiza. Les ha ido bien, han tenido de 200 a 300 personas
por inauguración, y la idea es alcanzar un flujo constante, invitar a gente
alejada de este ambiente y, cómo no, salir a la calle.
"El siglo del graffiti"
"El Street art es el
fenómeno más relevante y de mayor proyección en el arte joven actual". Ésa
es la tesis detrás de BOMB. Fuera del hecho de que no hay adultos graffiteros
(el mayor en Chile tiene 34 años), Cuevas esgrime una serie se evidencias: es
una manifestación que nace y se reproduce con la ciudad, y no necesita -como el
arte tradicional y su circuito- ir a buscarla. Asimismo, agrega, si este siglo
-donde la mayoría de la población será urbana- es el de la ciudad, es también
el del graffiti.
Otra fortaleza sería su carácter
global y colaborativo -la complicidad que genera hacerlo y pertenecer a una
subcultura- que facilita la construcción de redes. Además, el graffitero -cree
Cuevas- aventaja a sus pares artistas en práctica y evolución: es autodidacto y
puede llevar diez años pintando cuando los otros recién salen de las escuelas;
lo que también lo hace "democrático", pues lo abre a cualquiera, y
rompe, a juicio del director de la galería, uno de los grandes conflictos del
arte: el ensimismamiento en su propio círculo. Finalmente, el graffiti está
atrayendo a grandes marcas que se cuelgan de su identidad urbana para
potenciarse y vender -de hecho, la galería también quiere mediar entre artistas
y marcas.
Ésa es la certeza o, si se
quiere, la fe de BOMB, la que -en palabras de Natalia Guerra- los hace apostar
por un proyecto autosustentable, independiente de un Fondart o instancias
similares: "Queremos ayudar a estos artistas y que ellos nos ayuden a
creer en este sueño". El sueño, agrega Páez, de mantenerse por años, de
que surjan nuevas galerías y se empiecen a exportar artistas. "Nosotros
estamos creyendo en algo", señala. Ni más ni menos.
http://diario.elmercurio.com/detalle/index.asp?id=%7Bac6cf10d-2caf-40c6-838d-afc016fdc73c%7D